Durante semanas elegí una escalera porque era la más cercana. Un día noté una escalera gemela al otro extremo del vestíbulo, perfectamente alineada con una claraboya que duplicaba el cielo. Cambié el recorrido cinco minutos para pasar por allí. El nuevo ángulo, luminoso y sereno, transformó mi llegada. Comprendí que una simetría a tiempo no solo ordena la vista; también reordena elecciones y estados de ánimo con sutileza amable.
Esperaba bajo un toldo cuando el reloj digital del paradero se reflejó en la ventana del autobús, formando números nítidos y duplicados. Las puertas se abrieron justo cuando los dígitos cambiaron al unísono en vidrio y pantalla. Ese acorde visual —movimiento y espejo sincronizados— me hizo sonreír antes de subir. No hubo epifanías grandiosas, pero sí una gratitud simple: la evidencia de que el trayecto puede regalar coreografías mínimas que valen la pena.
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